Valentina Rotar, descanse en paz

19 Septiembre 2011

Publicado en Mi vida en Eslovenia

Valentina, mi compañera de trabajo

Valentina, mi compañera de trabajo

Hoy me enteré de que una querida ex-compañera de trabajo, Valentina Rotar, había fallecido hace un par de días, en un accidente al hacer salto BASE durante unas minivacaciones en Suiza. Tenía un par de años más que yo (digamos 36), soltera y sin hijos. Trabajamos unos tres años juntos en la misma oficina, si bien no en la misma área.

Valentina se definía como una “adicta a la adrenalina” (sic). Dedicó largos años a su pasión, el salto en paracaídas. Era una enferma total de ese submundo: de esa gente que atesora los saltos como si fueran charreteras, que sólo tienen amigos (y parejas) paracaidistas, que todos los fines de semana van a saltar a algún aeropuerto amigo, y cuya única vacación posible es irse a algún lado grosso para saltar como loco durante días enteros.

Valentina con su equipo de BASE

Valentina con su equipo de BASE

Demás está decir, jamás tuvimos mucho de que hablar, Valentina y yo… o mejor dicho, a ese respecto.

Sin embargo, o quizás justamente por eso, la relación que yo tuve con Valentina fue diferente a la de la mayoría de la gente que tuvo el placer de conocerla. Lógicamente, mi aversión al paracaidismo y a todo tipo de “deporte extremo” significó que Valentina y yo jamás fuimos “grandes amigos”, pero tampoco fue por casualidad que uno de mis ex-compañeros de trabajo me pegó el llamado hoy a la mañana para comunicarme la noticia. Él sabía, y con mucha razón, que la noticia me afectaría, y que me gustaría estar presente, de existir la posibilidad, en el funeral.

Por lo tanto, y a modo de homenaje a su memoria, he aquí lo que recuerdo de mis años de convivencia y amistad con Valentina Rotar.

Valentina y su sonrisa constante

Valentina y su sonrisa constante

Valentina era muy linda. No, mejor dicho, estaba re-buena. Joven, rubia de ojos celestes, y con una enorme sonrisa siempre puesta. Me impresionó cuando vino por primera vez a la oficina para hacer la entrevista de trabajo, y cuando mi jefe me comentó quién había sido la persona seleccionada para ser su secretaria, no dudé en gastarlo porque, a mi entender, OBVIAMENTE había elegido a la más linda. Poco serio, che. Me tomaría mucho tiempo acostumbrarme a trabajar en la misma oficina con una mina que, en Argentina, conseguiría laburo como modelo publicitaria en un abrir y cerrar de ojos (en Eslovenia, sin embargo, era una chica de belleza bastante común y silvestre, y entre los paracaidistas, una más de los muchachos).

Valentina fue la primer persona de la oficina que, allá por enero del 2006, decidió hablarme exclusivamente en esloveno, sin apelar al inglés; algo que muchas veces se lo agradecí, en público y en privado (me gusta reiterarme, parece). Si bien su inglés era bastante fluido, en algún momento dictaminó que yo entendería su cansino dialecto esloveno (parecido al de mi mujer), y jamás de los jamases habló conmigo en inglés. Dicho de otra forma, me tuvo siempre mucha paciencia: si algo se me escapaba, siempre me repetía o re-elaboraba la frase hasta que la comunicación se terminaba por concretar. Yo durante meses hablé con ella en inglés exclusivamente, al igual que con el resto de los compañeros de trabajo, pero sin dudas fue gracias a Valentina que me animé por primera vez a utilizar mi limitado esloveno en el entorno laboral.

Valentina era fanática de Harry Potter (de los libros, obvio). Cuando la gilada se mataba por conseguir un ejemplar de Deathly Hallows en Eslovenia (yo entre ellos), ella ya se lo había terminado, porque lo había encargado en Amazon con meses de antelación. Es más, yo leí al culminación de la serie del ejemplar que Valentina me prestó. Lo loquísimo, y esto define un poco también a su dueña, fue que el libro me lo entregó forrado en papel de diario. ¿Por qué? Porque no le gustaba que la gente supiera qué leía (algo total y absolutamente extraño para mí). Así era Valentina, un personaje.

Valentina y su peluca fucsia

Valentina y su peluca fucsia

Para el martes de Carnaval, Valentina siempre, los tres años que trabajamos juntos, vino a trabajar con una enorme peluca fucsia (tipo “afro” setentoso). Así ataviada pasaba el día entero, dentro y fuera de la oficina, sin que se le moviera un pelo. También, para ese día, cambiaba la foto del Messenger, donde aparecía portando la antedicha peluca. No sea cosa que la identidad gráfica se fragmentara.

Los eslovenos, en general, no son de hablar de osas personales (o al menos no cuando están 100% sobrios), y Valentina en esto no fue una excepción. Excepto un par de veces, cuando por H o por B nos quedamos solos en la oficina después de hora, y ahí arrancó la conversación larga y tendida (ella en esloveno, yo en inglés, o quizás ya por entonces también en inglesloveno) sobre la vida. Música, libros, y también -¡oh sorpresa!- sobre temás más personales, como su familia. Valentina me confió cosas muy íntimas, que me hicieron pensar que, de alguna manera, el no ser un típico paracaidista le sirvió para abrirse a hablar de temas de otra maneras considerados tabú. Por lo que me enteré después, con nadie más de la oficina tuvo un contacto parecido.

Valentina y su salto número 500

Valentina y su salto número 500

Creo que la muerte de Valentina no es una tragedia del mismo nivel que, digamos, si la hubiera pisado un colectivo o sucumbido al cáncer. Murió de la misma forma en que vivió, y estoy seguro que sus colegas se encargarán de brindarle apropiadas elegías en el aire. Valentina sabía que si algo fallase al momento de abrir el paracaídas, terminarías “como un panqueque” (sic). En cada salto, ya sea desde un avión, un puente, una antena, una grúa o lo que maldita fuera, Valentina tenía que estar preparada para morir. Pero claro, nosotros no, y aquí estamos hoy descolocados por la noticia.

Hoy, si bien laburé sólidamente sin pausa y sin prisa, la rubia me acompañó durante todo el día. Pensé, durante las pausas (al cocinar, al afeitarme, al limpiar un poco la casa) en qué loco que mi segunda reacción a la noticia hubiera sido el pensar en cómo habría de escribir el post conmemorativo.

Por vos, Valentina, hoy vuelvo a escribir luego más de un mes de silencio. Gracias por todo, en especial por esta última y necesaria catarsis que me dejaste como regalo de despedida.

Vayan mis sinceras condolencias para tus padres, tu hermana y el resto de tu familia.

Hasta siempre, Valentina. Va a ser difícil olvidarte.

Hasta siempre, Valentina. Va a ser difícil olvidarte.

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