(este post habla de la ciudad vieja de Ljubljana, para otras ciudades viejas -La Habana, Montevideo-, usté busque en otro lado, vea).
Lo dije una y otra vez: Eslovenia en verano está repleta de festivales. Así fue hace 4 años atrás, el primer verano que pasé aquí, y así sigue siéndolo ahora. Sin exagerar, en Ljubljana solamente pueden superponerse hasta 6 festivales distintos (los conté): El Festival Ljubljana (de música clásica), el Festival de los Sueños, el Trnfest, la Druga Godba (este año no fue interesante como el año pasado, ¿se acuerdan?), el Festival Internacional de Cine, y mil y un otros “minifestivales” de esos que duran un par de días. De este último tipo es del que es motivo este post.
Las “Noches en la Ciudad Vieja” (mi versión de Noči v Stari Ljubljani) fueron 5 noches colmadas de conciertos, muestras, charlas, exhibiciones y degustaciones, que -como indica el nombre- tuvieron lugar en la Ciudad Vieja, que es la parte más “coqueta” de Ljubljana, ocupando ambos lados del río, los puentes y las callecitas y callejones circundantes.
Hubo opciones para todos los gustos, pero lo que me parece más digno de mención fue lo que nos pasó a Ksenija y a mí ya que, qué tanto, estoy escribiendo en mi blog y no en una guía de turismo de Ljubljana, ¿no?
El jueves pasado (31 de agosto para los memoriosos) fuimos a dar una vuelta porque la tarde estaba linda, y al llegar al viejo mercado veo la siguiente escena. Cuatro personas, hablando mitad en alemán y mitad en rioplatense, se bajan de una camioneta con patente de Austria, y en seguida empiezan a bajar estuches de instrumentos. No pude con mi genio y les pregunté si les podíamos dar una mano, claro está en “argentino”, y ahí me enteré de que eran un grupo de tango formado por uruguayos y austríacos, y que venían especialmente a Ljubljana para tocar esa noche (que esloveno se dice “Noč tanga”… en fin). Los dejamos tranquilos para que armaran, y raudamente le mandé un mensaje a mi amiga Ana, la uruguaya, para que se diera una vuelta.
Luego de cruzar un puente para ir a saludar a un par de odaliscas con las que tocamos durante el año (así de internacionales somos, ¿vio?), pegamos una vuelta y encontré a 4 chicos zapando en otro puente, por monedas. Resultaron ser 3 húngaros de paso, y un esloveno que tocaba como un demonio nada menos que el ney persa, uno de los instrumentos más oscuros y difíciles de ejecutar. Intercambiamos teléfonos, para ver si hacemos algo (mi sueño de armar algo parecido al Ensamble de Música Sufí en Eslovenia sigue en pie!)
Volvimos al tablao y ahí empezó la milonga nomás. No sólo el nivel fue muy bueno, sino que muchas parejas de eslovenos, italianos y paseantes no identificados se largaron a sacarle viruta al piso (más de uno estaba avisado, y se trajo los zapatos de baile). En particular el bandoneonista austríaco me dejó sin palabras. Y ya que estamos, los rioplatenses de sangre, en cambio, nos quedamos mirando, ya que ninguno de nosotros sabemos bailar
Anyway, la cosa terminó, y fuimos a saludar. Ahí nos enteramos que la pareja central del grupo son marido y mujer, que viven en Graz desde hace 18 años él y 8 ella, que extrañan a más no poder, que el pianista es hijo de armenios y por lo tanto también tocó mucha música armenia en los locales griegos de Buenos aires, y tantas otra cosas más. Pero eso no fue todo. Se nos acercó más gente, como el mexicano que estaba en Ljubljana para dar una conferencia sobre relaciones entre China y Unión Europea (¿contaron? 3 continentes así como así), o Daniel, el húngaro con familia argentina viviendo en Costa Rica, que habla perfecto castellano argentino.
Después de un largo rato de charlar hasta por los codos parados detrás del escenario (al lado del río, todo muy pintoresco), decidimos ir a un bar a continuar la charleta. Entre otras cosas, me enteré que el himno nacional de Hungría es -como era de sospechar- infinitamente amargo y pesimista, con frase del tipo “hemos sufrido en el pasado, sufrimos en el presente y ya hemos sufrido para el futuro también”.
No sé qué más contar, ya que lo importante son los sentimientos más que las minucias detallísticas (y además, la noche siguiente volvimos a las calles y conocimos nuevas personas). Pero estas cositas le ponen una sonrisa a la vida, y se sienten como que una nueva pieza del rompecabezas hace “¡click!” y encaja.